Nota: Extraido de Patio de Butacas en su totalidad.
Federico Fellini, unos de los afamados directores de cine, cumple 60 años. Sin Fellini, sin sus películas, que todos recordamos, es imposible imaginarse el cine mundial.
La grandeza de Fellini consiste en que su cine es un fenómeno profundamente nacional. Y al mismo tiempo (también se puede decir: precisamente por eso) su influencia sobre el arte cinematográfico mundial ha sido y sigue siendo enorme, casi imposible de delimitar.
I vitelloni, La strada, Le notti di Cabiria, La dolce vita, 8 ½, Roma, Satiricon, Amarcord, I clowns, Il Casanova, Prova d'orchesta —todas estas películas, estoy seguro, permanecerán en la historia del cine universal. Recordándolas una por una, pensando en ellas, caemos en la cuenta de que Federico Fellini, como todo verdadero y gran artista, es en primer lugar un poeta. Crea su propio mundo poético para expresar a través de él su visión de la realidad que le rodea, con una plenitud que hoy, igual que hace veinte años, le parece inalcanzable —deseada desde el principio, pero imposible.
Fellini no pretende reconstruir ni copiar el mundo contemporáneo, con sus detalles tangibles, visibles, materialmente verídicos. Tiene su propio camino en el cine. Por supuesto, es el camino de un poeta.
Crear un mundo individual, profundamente subjetivo, siempre activamente personalizado, es la esencia del cine de Fellini. Pero la paradoja de la creación poética consiste en que cuanto más subjetiva es la imagen recreada del mundo, más se adentra el artista en la realidad objetiva de éste.
La obra de Fellini no es elitista. Su mundo no es en absoluto un mundo refinado, sino que resulta accesible para círculos muy amplios de personas. Recordemos películas como La strada, Le notti di Cabiria o Amarcord. Viendo estas obras, es difícil dudar del conocimiento y comprensión de la vida por parte del director, de su capacidad de penetrar con su mirada en lo más profundo e íntimo de la vida. Se hace evidente hasta qué punto Fellini está unido al pueblo italiano, comprende a las personas más humildes y "pequeñas” —como suele decirse—: a la gente de a pie de la Italia de hoy.
Pero incluso cuando se inspira en la historia antigua, como en Satiricon, por ejemplo, nos damos cuenta inmediatamente de que desea expresarse sobre el mundo contemporáneo: no sobre la Roma antigua, sino sobre las cosas que rodean al autor día tras día, en todo momento.
El sorprendente barroco de Fellini, su vertiente generosa, repleta de detalles, propia —yo diría— de Snyders o de Rubens, encarna el amor del maestro a la vida, su personalidad capaz de abarcarlo todo, la extravagancia de su carácter y su equilibrio emocional...
No cabe duda de que toda la obra de Federico Fellini (¡toda entera!) está llena de un gran optimismo. Parece tan evidente que ni siquiera habría que mencionarlo, pero mi único deseo es recordar una vez más que la obra de un artista verdadero siempre lleva dentro de sí una carga de fe y de esperanza, siempre está repleta de optimismo respecto al futuro, siempre inspira una sensación de espacio espiritual y de perspectiva. Incluso cuando el artista habla de una crisis espiritual en la sociedad, tal y como lo hace Fellini en La Dolce Vita o en 8 ½, sucede así.
Cuando pinta algo, o se pronuncia, insiste, ironiza o protesta, Fellini siente un dolor tan intenso y un amor tan perceptible para nosotros de manera especial, que podemos acabar teniendo una idea extravagante acerca del significado final de sus películas; como si éstas no se correspondiesen ya con el proyecto inicial que tenía el director, hasta tal punto ese significado final se hubiese hecho más amplio y profundo, más abarcador y complejo.
Fellini, tal y como le he conocido, es sobre todo una persona extraordinariamente bondadosa. Parece que nunca haya dejado de ayudar a los que le pedían algo, necesitados de su ayuda. Y hay mucha gente que solicita su ayuda: sus antiguos compañeros lo mismo que cineastas principiantes, sus colegas no menos que gente completamente desconocida. Sé de un caso en que le pidió ayuda un hombre cuyo hijo había sido encarcelado. El visitante le suplicó que aliviara las condiciones en las que se encontraba su hijo, y Fellini se puso en contacto con personas competentes para ayudar a ese desgraciado padre en aquellas terribles circunstancias. Ni siquiera esta petición le pareció inapropiada a Fellini.
Todo eso da testimonio de no sólo de la grandeza de su personalidad sino, sobre todo, de su generosidad. Incluso cuando el autor de estas líneas, al que en realidad nada en la vida unía a Fellini, se encontró con una serie de problemas trabajando en Italia, Fellini fue el primero en proponerle una ayuda, que fue aceptada con gratitud.
En el trato Fellini es sumamente agradable y abierto. Es hombre de pocas palabras. Es muy cariñoso. Y encantador. Pero no como actor, sino en el sentido profundamente humano de la palabra.
Sabe valorarse, y tanto más significativa parece la atención desinteresada que presta a sus amigos. Es el director de cine más famoso en Italia. Parece que todo el mundo conoce al "maestro"; mucha gente desconocida le saluda por la calle.
Creo que ninguno de los artistas de hoy ha podido expresar con tanta profundidad y perspicacia el problema de la creatividad, del estado de ánimo de un artista, o en general de una persona humana creativa en el mundo, tal y como lo hizo Fellini en la película 8 ½. La historia de un director de cine que está viviendo una grave crisis espiritual, su desorientación, sus vacilaciones en busca de un tema propio, su impotencia, su cansancio: todo eso sirvió de base para una película sorprendente, brillante, absolutamente original. Esa obra es un filme profundamente lírico. Parece que en él todos los acontecimientos hubieran sido filtrados o, mejor dicho, es que realmente todos han sido filtrados a través de la personalidad del artista, expresando su propio desasosiego interior. Pero todas estas crisis y vacilaciones, que pueden parecer insignificantes o innecesarias, no sólo no limitan y no restan nada al sentido de la película sino que, por el contrario, aumentan enormemente su significado universal. Porque Fellini se expresa en esta película con una sinceridad total, presentándose sin defensas ante el mundo exterior en una actitud de confesión, abierto a nuestras miradas.
He de reconocer que, dentro de la obra de Fellini, 8 ½ es mi película preferida y, en mi opinión, su mejor filme. En él, la profundidad y la sutileza de la idea se compaginan con una expresión formal sencilla, accesible para el público, con una forma armoniosa, gracias a la cual todo se nos presenta tal y como había sido concebido por el autor.
El hecho de que en sus películas una visión del mundo entrañable, visible, sensual, propia de la gente sencilla se combine con una percepción de la realidad poéticamente sutil y compleja hace que Fellini sea en un artista único, original e inimitable entre todos los directores de cine que conozco. Diferente de todos los demás.
Aquí me gustaría volver a hablar de la sensibilidad de este hombre grande y fuerte, de su susceptibilidad y delicadeza, que son tan patentes en I clown, en Roma, en Amarcord. Y si recordamos I notti di Cabiria, en ella vemos cómo el director se pronuncia abiertamente en defensa de la gente humilde, desafortunada, perdida en los abarrotados espacios de las ciudades modernas... Esta defensa es el centro de su visión artística, el fundamento de su sistema estético, la base del mundo vivo de su creación. Federico Fellini es un artista auténticamente italiano, verdaderamente popular.
Los payasos tristes de La strada, La dolce vita, 8 ½ y, finalmente, los de I colwn... Con toda la sutileza y fineza de los pensamientos y del estilo de este director, ¿no serán ellos, acaso, una demostración indiscutible de su amor hacia la gente sencilla, a la que yo llamaría ancestral?
Muchos podrían pensar que Federico Fellini, este artista de gran renombre, es una persona muy adinerada. Realmente podría hacerse muy rico si aceptara colaborar con grandes empresarios cinematográficos italianos y ahora, sobre todo, americanos. Pero él nunca se rebajó a tales compromisos. Prefiere costear de su bolsillo su propia libertad creadora, la posibilidad de hacer lo que él considera necesario e importante.
Es una alternativa que se le plantea a muchos directores de cine en Occidente. Si son grandes artistas, evitan colaborar con productores puramente comerciales. Si no, se arriesgan a perder su propio camino y muchas veces realmente se acaban perdiendo.
Ahora el cine italiano está viviendo momentos difíciles. ¡Sencillamente no hay dinero para producir películas italianas! Ya no quedan mecenas, nadie se quiere dedicar al arte. Claro que la mayor parte del peso de esta situación recae sobre los hombros de grandes y reconocidos maestros, tales como el propio Federico Fellini o Michelangelo Antonioni. En la actualidad, la vida de ambos no es nada fácil. Pero mientras Fellini pueda, a pesar de todo, seguir rodando lo que considera necesario, el arte cinematográfico italiano seguirá manteniéndose en el mismo nivel que ha alcanzado después de la caída del fascismo.
En esas condiciones tan duras en las que se encuentra el cine italiano actual, todas las miradas, con más esperanza todavía, se dirigen a sus grandes maestros, con la fe en que el cine italiano tenga fuerzas para levantar las alas de nuevo...
Felicitando a Fellini en su sexagésimo aniversario, aprovecho la ocasión para expresarle una vez más mi agradecimiento por habernos confiado su mundo, abriéndolo para nosotros: brillante, afiligranado, sutil y humano, sencillo y triste, tal y como este gran artista lo ha percibido en lo profundo de su alma, lo ha sentido y lo ha recreado para nosotros. (Traducción: Rafael Llano)
Andréi Tarkovski
Texto de A. T. en homenaje a Federico Fellini, publicado en Iskusstvo Kino (Moscú, diciembre de 1980, pp.39-42), con ocasión del LX cumpleaños del director italiano.





